¿Y si siento algo?, esto no puede pasar.
Hacía mucho tiempo que no bebía de ese modo.
Hacía mucho tiempo que
no detenía mi mirar borroso y confuso a observar lo inexistente, a oír las
estupideces ajenas y las incoherencias propias que estando sobria hubiera
esquivado bajo cualquier circunstancia.
Había olvidado lo que se sentía tener el
cuerpo y la piel palpitante, pidiendo más, pidiendo de todo, lo que haya, lo
que caiga, da lo mismo.
Hacía mucho tiempo
que no disfrutaba de lo inútil, de lo inapropiado, de lo bohemio, de lo que en
mis días estables hubiera considerado una alteración mental y una excusa para
saciar todo el olvido forzado (borrón y cuenta nueva que nos encantaría tener
sobre aquellos episodios de nuestras vidas que fueron una mierda) que nunca
logramos obtener de algunos recuerdos y/o pensamientos.
En fin, no sé como
ni cuando llegué a casa de Gato, era tarde y hacía
calor, como las rebeldes noches de verano que tanto me gusta admirar.
(Me pregunto
constantemente cómo soportaste mi borrachera, y dado que no lo sé, solo me
precipito a juntar mis manos y decir gracias. Gracias Gato).
Ahí estabas tú, una acompañante cualquiera, sin saber mucho de mi y sin necesitarlo tampoco.
Sosteniendo
mi cansancio, tapándome con tus brazos, sirviéndome un té.
Te veías maravillosa.
Tus palabras y las mías parecían cruzarse sin pensar en el tiempo, de cosas que espero hayan sido
interesante (no puedo recordar mucho y lo lamento); recuerdo tus ojitos
mirándome, esas pestañas largas, penetrantes y deslumbrantes que me hacían
desear querer mirarlas toda la vida, aún así sabiendo que ese “toda la vida”
significaba para mi y mis tormentosos miedos a enamorarme, esa única noche.
“Podría fotografiar
tus ojos si no estuviera tan ebria”, te dije. Y tu sonrisa se esbozó,
acercándose un poco más, llevando la vista abajo con un ruborizado tierno e
inocente de niña buena, que próximamente me llevaría a sentir lo que había estado esquivando toda la noche.
Ahí fue: cuando todo lo que no quería que pasara, pasó.
Acabé mi té,
acabaste tu té, me tomaste la mano, me guiaste a tu cuarto, me dejaste cinco
minutos sola para que me cambiara de ropa y me pusiera una polera de Led Zepelin que me habías prestado, me abriste la cama, me acosté, te acostaste,
me preguntaste si tenía frío, dije que no, apagaste las luces.
“Descansa”, me
dijiste, aunque ambas sabíamos que el sueño no iba a ser nuestro mejor acompañante, y besaste mi mejilla con
cuidado, como si el tiempo existiera a tu favor, como si tu respiración pudiera
esperar toda la vida a que yo respondiera. Besaste mi mejilla, buscando más,
buscando amor. Y debo decir, que en mi vida el amor despechado no ha sido un
problema, no me importa, y a veces he ahí el conflicto: hay muchas cosas que no
me importan pero que involucran a otros, y aunque suene maricón, así es la vida. No obstante, y recurriendo a mi
saciadora manera de beneficiarme, caí en tus brazos, deseosos de tenerme en ellos. Caí en tu boca, y en cosa de segundos, lujuriosos besos de amor prematuro llenaron mi corazón fortuito de placer.
Porque más que más,
tu eras otra persona en busca de mi cuerpecito y palabras, en busca de mi
querer, dispuesta a saciar mis inquietudes y deseos. Dispuesta a ser ese
alguien que me hacía tanta falta, solo para gemir, solo para lamer mi
pensamientos con tanta intensidad que en algún punto del acto llegara a parecer amor, que llegara a
sentirse cálido y no frío, tierno y no duro.
Tú como persona
estabas dispuesta, y yo como ser asqueroso de esta humanidad que solo buscaba
sentir placer de diferentes formas, estaba fascinada de que solo fueras éxtasis
y que solo existieras para tocar mi alma.
Pero sí, debo asumir, que algo había en ti que me asustaba, que perturbaba mi frialdad.
Algo que derretía mi corazón de piedra, algo que me volvía humana.
Casi hubiera pensado que te conocía de hacía mucho tiempo y
que tus gestos cautelosos y sensibles ya habían pasado por mi piel más de una
vez, y debo reconocer algo: eso me comía los nervios, lo admito, me comía el mariconeo de pies a
cabeza, porque no quería quererte, solo desearte, solo tenerte, porque el dolor que penetraba mi alma no me permitía adorarte, aunque hubiera querido hacerlo, no podía. No podía.
Y el descaro
me comía a gritos,
La inestabilidad recorría todo mi frío corazón
quebradizo,
Y yo, como persona que solo podía sentir ciertas cosas,
No
estaba preparada.
No para amar.
Y no podía romperte el corazón más de lo que lo
haría al día siguiente, cuando despertáramos y yo me fuera sin ninguna
inmutación.
A ti, gatito colorido, piel de seda, labios de algodón, no
podía hacerte más daño, porque aunque sonara triste y desgarrador para tu joven
corazoncito, todo lo que esa noche significaba para ti “amor”,
para mi no era más que otro cuento en mis manos, que otras sabanas, que
otra cama.
“Soy de lo peor”.
Y tus manos tocaban mi cuerpo.
“Soy de lo peor”.
Casi podías hacerme el amor y no el sexo.
“Soy de lo peor”.
No quiero quererte, porque no puedo.
“Soy de lo peor”.
Solo seamos cuerpos, por favor.
No me hagas sentir algo por ti.
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