El destello en la oquedad del vacío

No fue hasta hace unos pocos días, en donde me veía frente al mejor ensayo orquestal de mi vida, en donde lo estaba dando todo de mí,  todo el respeto por lo que tocaba, todo el amor por lo que tocaba, todo lo que sabía para que cada nota sonara como tenía que sonar, cuando me detuve a pensar en lo increíble que resultaba todo eso que estábamos haciendo, en lo mágico que era hacer realmente música, o al menos, intentarlo, dar lo mejor de sí, que a mi parecer, era hacer lo mínimo para que aquello funcionara.
(No es secreto decir que esto, es un tema que me cuesta mucho tocar, del cual me abstengo para no escribir, para no dañarlo, para no atreverme a ofender sin querer algo tan perfecto, tan digno de la excelencia, pero creo que no puedo pasar en alto algo que me tiene tan llena de luz, y que resulta ser en estos momentos, mi único destello en la oquedad del vacío).

El señor Anteojos se sienta frente a mí a esperar respuestas que no puedo dar, a otorgarme una charla más entre las miles diciendo exactamente lo mismo que todos, con un tono parental, con una mirada hambrienta de que yo responda, de que yo diga "sí, tiene razón", pero no lo hago, pero no sedo, porque no puedo, porque quiero llorar y salir corriendo, detener el tiempo por un momento. Y entonces, solo queda para mis ojos mirar el piso, la ventana que deja entrar la luz que tanto he buscado en toda mi vida, que representa mi madre, mi padre, mis luces pequeñas hermanas, mi pareja, mi familia, mis libros, todo lo que pueda hacerme sentir en algún momento feliz y que luego siento llevarse el viento lejos de mí, y me pierdo, y me pierdo entre todas esas palabras que no quiero escuchar, que quiero que solo sean abrazos, que quiero que solo sean amor. Y entonces su voz tajante me golpea con una pregunta casi ofensiva, que me descoloca, que me entorpece y que al mismo tiempo me deja ver algo tan maravilloso que comenzaba a olvidar...  
- Anaís, ¿por qué eres tan dura contigo, con el resto? ¿Alguna vez te hicieron daño? ¿te hicieron sentir que nunca era suficiente lo que hacías? dímelo, porque no entiendo la raíz de tus acciones. 
Y entonces pienso, me ofendo, no todo nace de la brutalidad de un acto en donde alguien nos hace daño, no toda la angustia viene siempre del dolor de un trauma, de la violencia, de las heridas. No todo siempre viene de la maldad. Vuelvo a mirar la luz de la ventana que en ese entonces golpeaba mis manos, iluminándolas de vida, y miro los ojos del Señor Anteojos, y abro mi boca para decir lo único que me parece importante, y recuerdo mis tardes infantes con un violín sin cuerdas en mano y mi tía estudiando Fagot en la última habitación de la casa, y recuerdo mis tardes en compañía de mi madre, en La Antena, rodeada de sus alumnos, escuchando sus clases de clarinete, escuchándola tocar, observando, jugando entre el seno de la música entre las calles, y recuerdo mis siete años queriendo tocar batería, diciendo Papá enséñame, diciendo Papá ya no, quiero otra cosa, esto no, no me gusta, si me gusta, vamos por más, quiero cantar, ya no, quiero tocar flauta, siete años también, ocho después, escupiendo arroces, quiero viola, oboe, lo quiero todo, no quiero nada, quiero pintar, quiero plumones, pinceles, tempera, quiero ser niña, quiero ser músico, quiero ambas. Y entonces lo veo todo, todas mis tardes, todas mis noches en conciertos desde los dos meses, todos los viernes familiares de cantos y papas fritas, de poesía y guitarras, y cuatros, y charangos, y la voz de mi abuela palpitando el sombrero de la casa pintura, de la lírica violeta, del óleo de mi madre, del grafito de mi abuela, del pastel de mi tía, de mi acrílico niño, de los pinceles, y entonces estoy ahí, en la titulación de mi papi, al frente de los que eran para mí los mil instrumentos, y aplaudo, y es un momento feliz,  y me vuelvo público, y me vuelvo teatro, y me vuelvo hija, y él me parece el mas seco del universo, y lo escucho, y lo escucho todo, y los escucho a todos, y mi vida crece entre ellos, entre el miembro musical, entre mi tío solista y lo contemporáneo, entre mis primeros años y mi tía solista siendo tan joven, y mi papi solista entre sus timbales y yo subiendo con un ramo de flores, y yo abrazando al hombre, el hombre, ese que me dio la mitad de las facilidades, ese que me hizo sentir que el teatro era hogar, que el piso era llave de fa, y que me podía parar ahí porque me lo había ganado habiendo crecido entre las voces desde el estómago, habiendo estudiado entre la pasión por lo que se hace, entre el respeto por lo que se tiene entre manos, entre el amor hacia cada nota, entre el amor hacia cada pieza musical.
Y vuelvo a mirar arriba, y abro la boca para hablar, y solo puedo decir lo primero que pienso: 
- No soy exigente porque el mundo me haya golpeado, soy exigente porque la vida me ha llenado de personas de excelencia,  que no tienen que ver con maquinarias ni inhumanidades, ni dinero ni músicos que tocan mil notas por segundo creyendo que eso es hacer música; sino que tiene que ver con amor, con amor hacia lo que uno hace, con respeto, con valoración. 
Dar lo mejor de sí no es un crimen señor Anteojos. Creo que podemos comenzar desde ahí... 

Esta vez, no quiero títulos, es algo más importante que eso.

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No existía nada más que el pelaje del amor en la anarquía de nuestros cuerpos.
Y entonces, dos manos inquietantemente pálidas me amarraban a la calidez de su cuerpo celeste, y con una sobria embriaguez audaz, atravesaban la sensualidad en mi piel, y sembraban todo un jardín de posibles caricias, haciéndome perder entre los besos y su lengua húmeda, humectando mis tejidos con su aroma incienso, y la gratitud del deseo depredador, de la boca brava que tenía frente a mi, de la palabra indócil que podía domarme con el cariño más cordial de la postura erecta.
No existía nada, y yo estaba ahí, tendida al poder de su amor.
Esparcida entre las sábanas de mi cama, y el sueño que en la galaxia de sus ojos desaparecía de cualquier diccionario para llenarme de hambre premonitorio, de cadenas desbaratadas, del chantilly de sus labios, de la poesía de sus manos; porque no necesitaba un millón de palabras, ni poemas románticos saliendo de su boca para querer comerla por completo, ella misma lo era, y mucho más.
Porque no existía nada, y mi hambre era de amor.
De su vocecita todos los días, y los ojos astros que habitan los tiempos infinitos que podría pasar mirándolos, del violeta flamante de su luz atornasolada que atraviesa la ilusión de cuando me toma la mano, de toda la poesía que es cuando su cuerpo narra rebeldía y en la cama de nuestras bocas nos comemos la menta del te quiero.
Porque no existía nada, y su boquita de fruta fresca era el mejor hogar.
Y mi cuerpo dejándose atravesar era el mejor verso destacado con rosa fluorescente del libro abierto que figuraban mis piernas.
Y su cuerpo tiñéndome el semblante con mil paletas insurrectas formaban los mejores retratos de las portadas y prólogos en mis álbumes de recuerdos.
Porque no existía nada, y mi piel desnuda entre sus brazos predilectos se derretía entre los jardines y los pétalos majestuosos de su cobijo pasional.
















P.D: Te amo, y gracias. 
Es una carta un poco distinta, pero las reales las tienes tú.  






El instrumento como un segundo cuerpo desvalorizado

Esta es primera vez que me enfrento a relacionar las dos cosas que más amo en el mundo: la música y la escritura. 
Muchísimas personas me han  hecho saber alguna vez sus dudas del por qué yo no escribo nada que se entrelace con la música, y creo que es porque es muy difícil para mi hablar de ese tema, enfrentarme a algo que es tan sagrado, tan valioso sin dañarlo, es realmente un desafío. 
Si se me es difícil enfrentarme a la escritura, imagínense lo que es tener que escribir de mi segunda pasión. Es una weá casi macabra.  
Pero hoy lo haré, y lo haré por una razón que creo inamovible. 
Creo que la mayoría sabe que estudio en una escuela de música, y también la mayoría tiene una idea muy equívoca de como es el sistema y como son los niños ahí adentro. 
Nunca olvidaré la gira que tuvimos con la orquesta en el año 2015, en donde fuimos a un pueblito que recién estaba comenzando a formar una escuela como la nuestra; tenían poquísimos recursos, pocos instrumentos, y claramente, no las mismas condiciones que tenemos nosotros (que a pesar de todo, somos bastante afortunados), sin embargo, había algo que no se los quitaba nadie: las ganas, el amor por la música, el anhelo de SER músico, de saber, de conocer, de ir más allá a pesar de no tener nada. Era algo bastante bonito. Saber que en algún lugar sí había gente que le tuviera respeto a las notas, a los compases, al sonido. 
Se sentían orgullosos a pesar de todo, y se sentían orgullosos de sus talentos. 
Cantaban como si no hubiera otro momento más perfecto, y en sus ojos brillaban las luces que los iluminarían algún día, en algún escenario, en algún otro lugar del mundo.
Era algo bello, de verdad bello. 
Entonces, yo pienso. 
¿En qué momento mi escuela se volvió una más? ¿En qué momento los alumnos comenzaron a perder el interés, a desvalorizar, a dejar de lado algo tan importante? A lo que supuestamente vinieron...
¿En qué momento el compromiso y la carga de estar en una escuela con un real valor histórico dejó de existir?
Es realmente triste ver como se forman corazones apáticos, como crecen alumnos sin oídos, sin ganas, sin respeto. Eso es lo más indignante, que no tiene el más mínimo respeto ni por lo que se está tocando, ni a quién están tocando, porque el instrumento puede ser un pedazo de madera para muchos, de metal, de lo que sea. Pero es algo propio, y no es cualquier madera, no es cualquier metal. Se le piensa como al compañero que depende única y exclusivamente de ti, al que debes limpiar de la pecastilla, o de la saliva que dejaste mientras tocabas, al que debes cobijar para que no se estropee y suene feo, al que debes manipular para mantenerlo vivo, para mantenerlo capaz de todo lo que puede hacer. 
Resultado de imagen para cello tumblrÉl es un compañero más, y eso es lo que no están entendiendo. 
Al instrumento no se le golpea, no se le trata bruscamente como si fuera cualquier objeto, no se le deja botado en cualquier lugar esperando que la fe lo salve de un robo o de un manotazo, no se le abusa. 
Es un compañero más, por favor ámenlo, cuídenlo, y den las gracias. 
No todos tienen la suerte que tenemos nosotros, no todos tienen la posibilidad de generar una sensibilidad única, de escuchar sonidos que otros no, de leer en otro lenguaje que no sean las letras. 
La música es un lenguaje que no todos puedes descifrar, que no todos pueden llevar bajo el brazo, ¿Por qué no lo valoran?
¿Por qué cuesta tanto respetar algo tan hermoso?
Y no, nadie dice que todos tengamos que ser músicos en la vida, pero, mientras tenemos la posibilidad, ¿por qué no mejor aprovecharla?
El descuido es cada vez mayor en todos los sentidos, y ya muy pocos son los que realmente se preocupan de avanzar, de mejorar, de ser alguien que esté orgulloso de lo que ha logrado, de su compañero-cuerda o compañero-viento. 
El respeto va más allá de lo que las personas pueden creer, el compromiso va más allá de firmar un contrato que diga que estás a cargo de tu instrumento. 
La pasión es algo que ya no se ve en mi escuela, porque no hay ganas, porque los alumnos desacreditan la importancia de el lugar en donde estamos, del instrumento que llevamos, y de a la orquesta o banda a la cual pertenecemos; y porque también los profesores dejaron de enseñar todas las cosas, de ser profesores realmente, de cumplir con su parte también. Porque un corazón apático no sale solo de un alumno que no tiene interés, si no de un profesor que no tiene la voluntad de enseñar como se debe, de cumplir con todo lo que un pequeño músico tiene que saber para ser grande. 
Aquí la culpa no yace solo del alumno indiferente ante la situación y la magia que tiene en sus manos, sino también de todo un equipo por detrás que a preferido enseñar superficialmente, que a preferido dejar que el amor por la música, el compromiso y el respeto se desvanezcan, se esfumen, desaparezcan. 
Y no, con respeto no me refiero a guardar silencio.
Y los que realmente lo sienten, lo entenderán. 

Rutina de una momia

sentarse a esperar que la mente te brille 
que te surjan palabras
y que el paladar haga una fiesta 
una sopa de letras,
un festival de luces
y carnavales de poesía
es vivir la frustración de manera 
obediente, en estado solitario, 
con enfrentamientos y angustias, 
es sentirse 
sentarse
a morir
a sangrar
a escribir toda la mañana 
para borrar el único e inservible
párrafo que salió de tus dedos,
que te hizo respirar y vivir por 
un lapsus de dos minutos entre 
cubos de hielos quemapiel,
que te dio el chantilly del helado
y que como idiota 
Te lo comiste. 
Y entonces, me reviento el cráneo,
miro el teclado, todo polvoriento,
con mi café en mano 
con el vicio en la garganta
sin importarme nada
porque las letras me matan 
y porque el vacío me mata, 
y porque un poco más de cafeína no podría matarme 
ni dejarme más cadavérica de lo que estoy por dentro
ni quitarme más nutrientes de los que me he quitado 
mirando las infusiones de té y a mi cafetera chupasangre
que me coquetea por lo aires, 
que me dice trágame, lámeme, 
hiérveme
hazme el amor
en este mismo instante 
tócame las historias 
y todas las calles 
que me cogí
yo te despierto
yo te despierto 
yo te alejo de todo eso, 
de todo el mal tiempo perdido 
de las mañanas rutinarias
con pies de momia 
con un lápiz en la mano que no tienes 
que no tiene ganas de ser usado 
con unos ojos anoréxicos
ojerosos 
y somnolientos 
de la momia rutinaria
de la palabra envasada
de que el papel no grite 
¡mamita sálvame, 
úsame, estoy aquí!
Siéntate a morir en lo que más te gusta 
amárrate al papel que más te cobije
arranca la raíz de dónde menos te duela,
que peor no puede ser, 
que de otra forma no es, 
que el pozo de las ideas
se alimenta, 
del mal tiempo, 
se alimenta de todo esto, 
se alimenta de tu dolor. 

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Cosas de la vida

Me gusta hacer cartas y recibir también
Aunque más me gusta hacerlas y enviarlas por correo
Solo que eso se ha perdido...
Y ahora, ahora solo se cree que se es psicópata por pedir una dirección.
Me gusta admirar la belleza de las cosas pequeñas,
Como la inocencia de un infante,
Un docente con vocación
La luz de los abrazos
Aunque a veces solo queden en el olvido, y sean un cosa más del universo.
Me gusta desacreditar la vida que hay detrás de los objetos
Darme cuenta que la cabeza es lo único más importante con mis manos
Y es lo único que podría asustarme perder,
Darme cuenta que el valor está en la piel, y no en lo material.
Me gusta dejar desnudos los labios de una persona
Desprender de él todos sus deseos
Y llevar el corazón hasta la cama,
Aunque a veces,
las personas crean que un escorpión pasional, es demasiado, solo demasiado.
Me gusta practicar la escritura terapéutica
Porque el miedo a las hojas blancas hay que perderlo,
Porque la poesía es un fármaco que no todos conocen,
Porque el poema es un autorretrato de la memoria
Que muchos dan por sentado.
Me gusta reflexionar con el Blanco,
Hablar de la vida y abrazar su presencia
Construir  un mundo
Y anhelar que nunca deje de ser mi persona,
Porque por muchos años que podamos vivir
uno solo tiene una persona en la vida,
Y él es la mía.
Me gusta recordar aunque me de nostalgia,
Aunque piense que tiempos pasados fueron mejores
Aunque me caiga una y muchas lágrimas,
Aunque el recuerdo se vuelva vago y eso me asuste,
Porque aunque no lo admita,
Es la única forma que tengo de volver a sentir.
Me gusta escribir, leer y olfatear libros
Porque escribir es enfrentarse a la frustración constante
Porque leer es abrir tu mente a otros mundos
Escapar de la realidad, y dormir con la narración
Porque olfatear es sentir, el peso del tiempo,
Los años de la palabra, el sentido de la historia.
Me gusta perder el tiempo,
Llamando por teléfono, mirando un documental
Teniendo una conversación vacía
Y si hay suerte una profunda,
Mirando la ciudad,
Lo que alguna vez fue pura tierra,
Y pensando,
Que tener tiempo para perder
Es tener tiempo para alimentar el pozo de las ideas. Resultado de imagen para gatos graciosos tumblr

¿Por qué escribo?

Escribo poesía porque desde niña ha sido mi único escape 
Escribo poesía porque la palabra puede más que la acción
Escribo poesía porque mi pluma grita rebeldía
Escribo poesía porque el corazón roto se vuelve idiota 
Escribo poesía porque sí, porque no, porque tal vez
Escribo poesía porque la memora importa
Escribo poesía porque bajo tanto disparo, esto es lo único que me                                                                                    mantiene segura
Escribo poesía porque el dolor, porque la luz, porque el ayer
Escribo poesía porque Bronce acelera todos mis latidos
Escribo poesía porque sus besos, su mirada, su casi-amor 
Escribo poesía porque la infancia, la corrupción y la voz
Escribo poesía porque los abrazos, las lágrimas y el cobijo
Escribo poesía y más porque no quiero morir, 
                                   porque no quiero ceder, 
                                   porque no quiero olvidar.

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El alumnx es un diamante perdido

¿Qué pasa cuando el mismo profesor te arranca la alas?
Te atraviesa con una estaca, y te condena a volverte un número, una letra, un ser sin respiración. 
Qué es lo que pasa cuando la motivación deja de existir... 
Cuando el sistema te aprieta tanto, tanto que no te deja vivir, que solo te mantiene en el aula rodeado de lagunas mentales, de bloqueos mentales, de un alma tan frívola, tan desconcertante, que te mata, por uno, por dos, por tres segundos. Que te mata y te revive, te mata y te recuerda que sigues ahí, que la educación te corroe, que la ejecución te quiere en la palma de la mano, como un muñeco de trapo, como un ser sin corazón, como un objeto, absolutamente repugnante. 
La Maravillosa una vez me dijo "Un alumno motivado es un diamante que HAY que pulir". Nunca más se me olvidó, porque aunque no la tuviera más conmigo, de alguna u otra forma intentaba pulirme sola. Pero las cosas no siempre funcionan como uno quisiera, y el diamante que solía brillar y vivir, se apagó, porque el profesor no existe, porque la palabra no existe, porque el amor, la pasión y la vocación no existe. 
Miro a quién se para adelante y espero tanto, tal vez ese es mi error, esperar que me den un anhelo, esperar que me hagan ver el sentido de la vida, de la acción, del por qué estar ahí no es perder el tiempo. Miro a quien se para adelante junto a la pizarra, y solo me angustio. No quiero estar ahí, no quiero escuchar, no quiero sentir que me pierdo más y más, que sentarme en la micro por horas puede ser más interesante, que caminar en la noche puede ser más llamativo, que incluso quedarme en la cama  hasta tarde puede ser más gratificante que la voz, más pasional que el conocimiento, ese que ya no existe, ese que se esfumó no sé en donde, en las malas decisiones quizás... En el cambio de profesionales quizás... En la falta de empatía educacional, solo quizás...
Un alumnos sin motivación es un diamante perdido, y es lo que veo todos los días, y es como me siento cada mañana. 
                           
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Tan vacía.
Con tanta rabia. 
Tan descorazonada con la profesión. 
Que de solo pensar en tan poca vocación me hace querer ejercerla, ser un poco mejor que ellos, y pulir un diamante como lo hicieron alguna vez conmigo.