Esta vez, no quiero títulos, es algo más importante que eso.
No existía nada más que el pelaje del amor en la anarquía de nuestros cuerpos.
Y entonces, dos manos inquietantemente pálidas me amarraban a la calidez de su cuerpo celeste, y con una sobria embriaguez audaz, atravesaban la sensualidad en mi piel, y sembraban todo un jardín de posibles caricias, haciéndome perder entre los besos y su lengua húmeda, humectando mis tejidos con su aroma incienso, y la gratitud del deseo depredador, de la boca brava que tenía frente a mi, de la palabra indócil que podía domarme con el cariño más cordial de la postura erecta.
No existía nada, y yo estaba ahí, tendida al poder de su amor.
Esparcida entre las sábanas de mi cama, y el sueño que en la galaxia de sus ojos desaparecía de cualquier diccionario para llenarme de hambre premonitorio, de cadenas desbaratadas, del chantilly de sus labios, de la poesía de sus manos; porque no necesitaba un millón de palabras, ni poemas románticos saliendo de su boca para querer comerla por completo, ella misma lo era, y mucho más.
Porque no existía nada, y mi hambre era de amor.
De su vocecita todos los días, y los ojos astros que habitan los tiempos infinitos que podría pasar mirándolos, del violeta flamante de su luz atornasolada que atraviesa la ilusión de cuando me toma la mano, de toda la poesía que es cuando su cuerpo narra rebeldía y en la cama de nuestras bocas nos comemos la menta del te quiero.
Porque no existía nada, y su boquita de fruta fresca era el mejor hogar.
Y mi cuerpo dejándose atravesar era el mejor verso destacado con rosa fluorescente del libro abierto que figuraban mis piernas.
Y su cuerpo tiñéndome el semblante con mil paletas insurrectas formaban los mejores retratos de las portadas y prólogos en mis álbumes de recuerdos.
Porque no existía nada, y mi piel desnuda entre sus brazos predilectos se derretía entre los jardines y los pétalos majestuosos de su cobijo pasional.
P.D: Te amo, y gracias.
Es una carta un poco distinta, pero las reales las tienes tú.


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