El mariconeo aburre, a veces cambia, a veces abandona

15:54 Lua 1 Comments

Desde que volví de la capital a mi no tan querida ciudad, no he podido detenerme a mirar mi diario, a tomar mi pluma y escribir con ella alguna otra cosa que no sea una carta para algún familiar u otra persona importante de mi vida, no sé si por temor, no sé si por verguenza a no saber qué escribir o de quién hacerlo, o por miedo. A veces, la escritura o nuestras propias palabras asustan y apuñalan más fuertes que las ajenas.
Desde que volví no he hecho ninguna de las cosas que dije que haría: terminar mi segundo libro, escribir un poema distinto para cada figura literaria, escuchar la entrevista de Sábato que guardé en mi lista de YouTube hace siglos, hacer dieta por milésima vez porque mi cuerpo nunca me satisface, pintar el cuadro que pinto cada verano para sentir que dejé una de mis tantas etapas atrás, leer los libros que me compré, leer las revistas que me compré, leer los anillados que no compré, pero que pagué indirectamente para que me los pasaran en la universidad. Y así, no he hecho nada, nada de lo que me propuse los primeros días del año. 
Mi vida veraniega y nocturna se basa en lo mismo de siempre y en las misma actitudes que he adquirido o fortalecido este último tiempo, en la misma clandestinidad erótica, en los mismos tragos que me gusta beber sentada a la barra, o en alguna mesa alejada con el Blanco o alguna otra persona en algún bar juvenil, en las mismas miradas efímeras de aquellos y aquellas que solo buscan un beso mío, un agarrón de culo, una excitación fugaz y repentina, en las caminatas sombrías bajo la luz de la luna, o bajo las nubes y el cielo enojado, en las mañanas con flojera, con pena, con ganas de ver películas y series hasta tarde, con ganas de comerme un pedazo de sandía dulce, o dos, o tres. 
Mi vida, o lo que queda de ella, es tan distinta a mi vida, a la que viene de lleno, a la viene para quedarse, o eso espero, y todos los días pienso "¿qué hago?", y me dedico a la reflexión por días, y me dedico al mismo puterío por días, y me dedico a la adolescencia que nunca cobré, por días, pero, ¿y acaso eso me satisface? 
Ya hay muy pocas cosas que me van quedando, cuarto medio me asusta y lo asumo, y más asumo que no me importa, que las notas solo son notas, y que una prueba, y que una noche sin estudiar, y que un día haciendo lo que yo quiera, siendo feliz, siendo persona y no más robot, no me afecta, no le hace mal a nadie, y no me hace daño a mí. Ya hay muy pocas cosas que me van quedando, el tiempo pasa y yo, yo no hago nada. Muchas veces me repito lo mismo "la mejor forma de perder el tiempo, es perderlo de verdad", y aunque mi gueli lo vea como algo malo y siempre me repita "el tiempo no hay que perderlo", yo insisto en hacerlo, porque yo lo veo como una inversión, como un trabajo mental, como la fuente de mi inspiración. Y aquí estoy, después de casi un mes y medio (¿o más?) sin escribir sin tomar un lápiz por gusto, sin sentirme con el valor de llegar aquí y publicar alguna otra weá que ustedes después leerán, escribiendo, con todo el peso de lo que he vivido hasta ahora, de las decepciones sociales, de las noches lujuriosas con sabor a chela, pisco, vodka, lo que sea, lo que venga, lo que aguante el cuerpo, de los amoríos insuficientes que rechazo todos los días, porque me aburren, porque el mariconeo me aburre, porque el toqueteo caliente, feroz y de una noche me aburre, porque mi lengua está cansada de solo brindar placer, que a veces se pone a buscar amor.
Que lata, que paja, que todo me da salir con él, o con ella, a caminar, a hablar de la vida para terminar en besos, a bailar a la disco para terminar en la cama, a entrar en nuestras mentes y corazones  para terminar en un te quiero, buenos días, cuándo te veo otra vez
Y no sé, no sé si me aburre, me asusta, me paraliza, pero los mensajes del día después con emoticones amorosos me perturban. El califa callejero me aburre. Y las miradas que nunca hablan, y que podrían llegar a ser algo, lo que sea pero algo, me rompen el corazón en el ocaso mismo. 
Y entonces recuerdo la clase de literatura que más me marcó, en donde mi profesor querido, el señor Black, nos decía, con la voz y el cuerpo en alto, empoderando la poesía y la palabra: "si no tengo amor, no tengo nada". 
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Entonces vuelvo a lo experimental que nace de la propia materialidad del texto, y me fijo en todas las cosas que han cambiado, en mi prosa que inesperadamente toma un rumbo distinto, en la indiferencia que me causa abrir un chat para leer un querí salir conmigo, porque al fin y al cabo, todos saben  pa' donde va la cosa, en la poca importancia que le doy a los muebles, símbolo de utilidad que a veces solo se vuelve estorbo y a algunas personas, que algunas veces se vuelven un solo objeto, en la sumisión y estupidez, en la palabra y en la acción. 
Entonces, vuelo a lo experimental, al cambio constante, a la perdida del reloj, a los días de frustración y a las noches de relajo, al azar y a la deriva, a los besos de verdad, a los abrazos, a lo espontáneo. Pero más importante, vuelvo a la construcción de memoria, porque otra cosa que decía el señor Black en sus clases pasionales y llenas de vida, era que para escribir, había que construir memoria. 



1 comentario:

  1. Oye que es extraña la nostalgia de ser adolescente otra vez cuando apenas ha pasado un lustro desde que saliste del colegio... (estoy hecha una vieja culiá)...
    Me gusta cómo escribes, te sigo desde hoy.

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