Platónico callejero

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Después de un día de muerte, en donde todos mis pensamientos se reducian al "¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿es esto lo que realmente quiero?", en donde el sol pegaba fuerte y mi piel blanca se mostraba indiferente ante tal acción tan aberrante como comer una papa frita, mis pies caminaban sin rumbo, sofocados por las medias rotas, y yo miraba hacia todos lados. "No cruces la calle en rojo", me repetía, y recordaba la cara de mi padre diciéndomelo cuantas veces había podido, pero el antojo pudo más, las ansias de algo emocionante, el hambre de vivir, de arriesgarse, de morir. 
Y crucé. En rojo. 
Legué al otro lado, sin ningún asalto, ni herida, "que fome", pensé, otra vez. 
Y así, la gente pasaba, y yo miraba, mi micro no llegaba nunca, y a mi alrededor unos raperos rimaban, un caballero masticaba, un joven pudoroso escuchaba música, escondido entre sus parlantes, y yo ahí, ni existía, ni vivía. 
Solo quería que algo bueno me pasara. Solo quería morir por un segundo. 
Llegó la micro, y me subí. Era tanta la gente, que con cuea tuve tiempo de saludar al micrero y decirle "buenas tardes", porque claro, la cotideanidad aburre, pero la cortesía nunca se pierde. Nunca se debe de perder. 
Entonces a empujones me subí, olvídate de encontrar un asiento vacío, y bien poco que lo necesitaba luego de haber estado sentada tres horas escuchando una latería de cosas que a estas alturas ya ni me importan, entonces me quedé ahí, parada, entre las barandas y los raperos. 
"Muy buenas tardes, damas y caballeros, aquí un poco de rima pa' aumentar la risa, esperamo' que les guste, y aquí va", dijeron los dos flacos, cabellos pintorescos, labia desquciada. 
Y ahí fue, en donde entonces sentí, que algo me revolvía las entrañas, me ponía los pelos de punta, y me sacaba del lugar en donde estaba, al fin estaba eso, esa plabra, ese verso, ese aliento, de putín callejero, de maliante traficante, de hombrecillo pobre, que canta, que come, que se las arregla por donde coge. 
Flaco, con gorra, y una polera hasta las rodillas, se me acercó, me rimó, a los ojos, a la boca, y mi palabra pidió. 
Al fin algo me pasaba, al fin podía sentir algo y nada. Al fin podía ser objeto, ser amor, ser persona, ser lo que fuera, menos la misma mina que venía caminando conmigo hace un momento atrás.
Y la gente miraba, y el aire pesaba, y era santiago, la ciudad, lo que me mataba. 
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"Eduardo", me dice al oído. Imagino que ese es su nombre, o el que él haya querido ponerse para que yo lo conociera, no lo sé. Pero me miraba, como cachorro enamorado, con sus paletas separadas y su mochila de malabares. 
Por un momento quise irme con él, aceptar su invitación, irme a la okupa por un café, y que me cantara, que me recitara, que nos leyeramos mutuamente. 
Por un momento, él y su prosa maravillosa, me pareció el todo, me encandiló la luz que se me estaba apagando. 
"Eduardo", y sus labios mojados sonaron cerca de mí. 
Y de pronto, te vi desaparecer entre la multitud, con tu parlante y compañero, y visualicé tus ojos, desde lejos, mirándome, tirándome un beso, sonriendo. 
Entonces te dejé ir, Eduardo.  

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