Entrepierna carnívora

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Vuelvo a tus brazos, sin amor.
A tu entrepierna, carnivora y devoradora.
Y entre mis huesos siento tu alma hambrienta, deseosa de tenerme adentro, de orgasmear en tu oído y hacerte gemir. 
Vuelvo a tus brazos ingratos en un encuentro clandestino, obscuro, entre medio de pasillos largos y un hotel desafiante, algo elegante para mi gusto, demasiado limpio, demasido correcto para todo lo que quise decirte esa noche. Y las paredes escuchan, y el corazón nos miente.
Ni yo te quiero, ni tu me quieres.
Y que nadie nos vea, y que nadie nos sienta, tu estás adentro, y yo estoy afuera.
"Póntelo", le digo, y quitandolo de encima mío, caliente y apunto de querer quitarme toda la ropa para chuparme hasta lo último, le paso un condón. 
Dejo la luz prendida, no sé por qué, y lo miro. Famélico, con el cabello un poco más largo que antes, con su boquita de fresa, lengua mojada y tridente, dulce pero enfermiza, como las drogas, con tu tez de mimbre, un poco más obscura que la mía.             
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Lo sacas, lo manoseas y te lo pones. Sigo mirando, y no pienso nada. Sigo mirando, y solo me calienta más ver al amigo, al oculto, cuateloso, intolerante. 
Volvemos a ser objetos, objetos sexuales, objetos candentes. 
Apago la luz, y observo tus ojos, solo quieres comerme, fuego color rojo arde, tus poros y tu piel me piden, me gritan, me sirven en un plato apetitoso que solo te encantaría comer. Tus dedos, palpitantes y bohemios en mis piernas, en mi culo, en mis senos, me exploran, por milesima vez, me tocan, como si nadie más lo hiciera. Como si quisieras convencerte de ello.
Pero no quiero mirarte más, no lo necesito, no me es la gran cosa. 
Yo solo quiero tu miembro, yo solo quiero tu boca. 
Y ante la putería marcada por la sociedad, el pudor y las ropas, yo solo puedo decir, que me encanta ser objeto, me encanta ver tu boca.

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