El instrumento como un segundo cuerpo desvalorizado
Esta es primera vez que me enfrento a relacionar las dos cosas que más amo en el mundo: la música y la escritura.Muchísimas personas me han hecho saber alguna vez sus dudas del por qué yo no escribo nada que se entrelace con la música, y creo que es porque es muy difícil para mi hablar de ese tema, enfrentarme a algo que es tan sagrado, tan valioso sin dañarlo, es realmente un desafío.
Si se me es difícil enfrentarme a la escritura, imagínense lo que es tener que escribir de mi segunda pasión. Es una weá casi macabra.
Pero hoy lo haré, y lo haré por una razón que creo inamovible.
Creo que la mayoría sabe que estudio en una escuela de música, y también la mayoría tiene una idea muy equívoca de como es el sistema y como son los niños ahí adentro.
Nunca olvidaré la gira que tuvimos con la orquesta en el año 2015, en donde fuimos a un pueblito que recién estaba comenzando a formar una escuela como la nuestra; tenían poquísimos recursos, pocos instrumentos, y claramente, no las mismas condiciones que tenemos nosotros (que a pesar de todo, somos bastante afortunados), sin embargo, había algo que no se los quitaba nadie: las ganas, el amor por la música, el anhelo de SER músico, de saber, de conocer, de ir más allá a pesar de no tener nada. Era algo bastante bonito. Saber que en algún lugar sí había gente que le tuviera respeto a las notas, a los compases, al sonido.
Se sentían orgullosos a pesar de todo, y se sentían orgullosos de sus talentos.
Cantaban como si no hubiera otro momento más perfecto, y en sus ojos brillaban las luces que los iluminarían algún día, en algún escenario, en algún otro lugar del mundo.
Era algo bello, de verdad bello.
Entonces, yo pienso.
¿En qué momento mi escuela se volvió una más? ¿En qué momento los alumnos comenzaron a perder el interés, a desvalorizar, a dejar de lado algo tan importante? A lo que supuestamente vinieron...
¿En qué momento el compromiso y la carga de estar en una escuela con un real valor histórico dejó de existir?
Es realmente triste ver como se forman corazones apáticos, como crecen alumnos sin oídos, sin ganas, sin respeto. Eso es lo más indignante, que no tiene el más mínimo respeto ni por lo que se está tocando, ni a quién están tocando, porque el instrumento puede ser un pedazo de madera para muchos, de metal, de lo que sea. Pero es algo propio, y no es cualquier madera, no es cualquier metal. Se le piensa como al compañero que depende única y exclusivamente de ti, al que debes limpiar de la pecastilla, o de la saliva que dejaste mientras tocabas, al que debes cobijar para que no se estropee y suene feo, al que debes manipular para mantenerlo vivo, para mantenerlo capaz de todo lo que puede hacer.
Él es un compañero más, y eso es lo que no están entendiendo. Al instrumento no se le golpea, no se le trata bruscamente como si fuera cualquier objeto, no se le deja botado en cualquier lugar esperando que la fe lo salve de un robo o de un manotazo, no se le abusa.
Es un compañero más, por favor ámenlo, cuídenlo, y den las gracias.
No todos tienen la suerte que tenemos nosotros, no todos tienen la posibilidad de generar una sensibilidad única, de escuchar sonidos que otros no, de leer en otro lenguaje que no sean las letras.
La música es un lenguaje que no todos puedes descifrar, que no todos pueden llevar bajo el brazo, ¿Por qué no lo valoran?
¿Por qué cuesta tanto respetar algo tan hermoso?
Y no, nadie dice que todos tengamos que ser músicos en la vida, pero, mientras tenemos la posibilidad, ¿por qué no mejor aprovecharla?
El descuido es cada vez mayor en todos los sentidos, y ya muy pocos son los que realmente se preocupan de avanzar, de mejorar, de ser alguien que esté orgulloso de lo que ha logrado, de su compañero-cuerda o compañero-viento.
El respeto va más allá de lo que las personas pueden creer, el compromiso va más allá de firmar un contrato que diga que estás a cargo de tu instrumento.
La pasión es algo que ya no se ve en mi escuela, porque no hay ganas, porque los alumnos desacreditan la importancia de el lugar en donde estamos, del instrumento que llevamos, y de a la orquesta o banda a la cual pertenecemos; y porque también los profesores dejaron de enseñar todas las cosas, de ser profesores realmente, de cumplir con su parte también. Porque un corazón apático no sale solo de un alumno que no tiene interés, si no de un profesor que no tiene la voluntad de enseñar como se debe, de cumplir con todo lo que un pequeño músico tiene que saber para ser grande.
Aquí la culpa no yace solo del alumno indiferente ante la situación y la magia que tiene en sus manos, sino también de todo un equipo por detrás que a preferido enseñar superficialmente, que a preferido dejar que el amor por la música, el compromiso y el respeto se desvanezcan, se esfumen, desaparezcan.
Y no, con respeto no me refiero a guardar silencio.
Y los que realmente lo sienten, lo entenderán.

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